C u c a l ó n

(La vida cotidiana)

 

 

Sitios de interés: la Sierra, fuente del Cañizar, el Cañuelo, la Balsa, la Torre...
Entrada al pueblo por la carretera 

 

La vida cotidiana

1 - Introducción General

2 - La vivienda

3 - La alimentación

4 - La vestimenta

 Entrada al pueblo por la carretera

1 - Introducción General

 

Este es el Cucalón que yo conocí en mi niñez y adolescencia

 

      Se trata con este pequeño trabajo de recopilación, de dar una perspectiva de los acontecimientos más recientes que afectaron a la vida de la comunidad de Cucalón, la cual iremos analizando con los temas que se indican más adelante. Para su desarrollo nos apoyaremos principalmente en la memoria de mi propia experiencia, en la de algunas personas de mi ámbito próximo y en la de otras fuentes a mi alcance, antes de que todas ellas desaparezcan.


      Para empezar, vamos a hacer una pequeña disquisición en torno al cambio de siglo.


      Siempre hemos leído sobre las catástrofes que se vaticinaban para el año 1000, pero no recuerdo de nadie que hubiera formulado augurios, presagios, predicciones, profecías de mal agüero para el año 1001, que era el cambio real de milenio. Es decir, que nadie tuvo en cuenta en aquella época que cuando Dionisio el Exiguo, reformó el calendario en el siglo VI, nos lo entregó con un año en lugar de cero. Pero eligieron el año 1000, para meternos miedo, porque era más cabalístico. Aunque la realidad no fue esa, ya que las nuevas investigaciones han demostrado, que sólo una pequeña parte de la población occidental sabía en qué año vivía y por lo tanto ni se enteró.


      Pues bien, a principio del año 2000 teníamos el mismo problema, pero los teóricos y matemáticos, de pensamiento limitado por la ciencia, se encargaron de informarnos de que el siglo y el milenio, empezaban el año 2001. Vale. Esto no admite discusión, sin embargo me permito decir que algunos escritores, poetas, filósofos, artistas y los que, sin serlo, tienen un mejor sentido de la estética, como no necesitan ajustarse a ningún método, disfrutan del número 2000 como cabalísticamente redondo, expresando el deseo de aprovecharlo para el cambio, tanto de milenio como de siglo. Como se hizo en el año 1000.


      Total, todo lo anterior para decir, que me apunto a esta segunda opción y por la misma razón, para este trabajo, voy a considerar el 1 de enero de 1900 para pasar del siglo XIX al XX. No obstante, voy a dar la oportunidad a los de la primera opción, para que cambien de siglo arrancando la hoja del día 31 de diciembre del año 1900, de un calendario imaginario ya pasado.


      Es de suponer que Cucalón, como los pueblos vecinos cuando se inicia el s. XX, había sufrido pocas transformaciones desde la repoblación. Y por los datos que guardamos en la memoria, los hábitos y comportamientos, tanto de trabajo, como de vivienda, alimenticios, vestimenta o incluso lúdicos, eran casi los mismos que los de la época que citamos y que conocemos a través de los escritos.


      La mayor parte del tiempo se utilizaba en el trabajo para procurarse la subsistencia, concediéndose pocos ratos para el ocio, por lo que los cuerpos se desgastaban rápidamente llevándolos a una vejez prematura. Muchas mujeres, cargadas de hijos, morían de puerperio (como mi abuela Luisa) en la flor de la vida por falta de cuidados médicos. La mortandad infantil era muy grande debido a la mala alimentación y a la falta de vacunas contra las epidemias, las enfermedades endémicas e infecciosas.


      Pero en todas partes sucedía lo mismo. A principios de siglo la esperanza de vida en España solamente llegaba a los 33 años (de media), cuando en la actualidad se sobrepasan los 80.


      Según una nota que tengo en mis apuntes, de investigaciones que realicé en la hemeroteca de Zaragoza, el Diario de Avisos del 5 de enero de 1871, daba a conocer la lista de fallecidos en esa ciudad durante  los días 3 y 4 del mismo mes, que según el Registro del Ayuntamiento fueron:


Día 3

Manuel Ines García, 50 años, congestión: D. Juan de Aragón, 21.

Hilario Puértolas, 19 años, catarro pulmonar: Sepulcro, 34.

Francisca Salazar, 20 años, viruela tifoidea: Escuelas Pías, 54.

Jaime Vinedes, 3 meses, pulmonía: Sitios, 11.

Valera Raposo, 11 meses, enteritis aguda: Armas, 100.

Juan Salvador, 24 años, pulmonía: Sto. Dominguito, 8.- Total, 6.

Media de edad: 19 años.

Día 4

Félix Carrascón, 1 año, convulsiones: Ciprés, 8.

Luis Cornelio, 8 años, bronquitis: Boggiero, 58.

María Cruz Gil, 18 meses, pulmonía: San Martín, 4.

Agustín Higueras, 60 años, hemorragia: Temple, 35.

Luciano Aznárez, 3 años, fiebre adinámica: Manifestación, 25.

Juan Lausí, 54 años, neumonía: Boggiero, 35.Total, 6.

Media de edad: 21 años.


     Al mismo tiempo da cuenta de otras causas de muerte observadas en esta época: tisis, metro-peritonitis, viruela, tos ferina, calentura cedinámica, epilepsia ...


Y de las edades observadas en las defunciones del año 1871:


Día 25 febrero:

 ½ hora, 3 meses, 13 meses, y 17, 22, 28, 31 y 71 años (media: 21 años).

Día 26 febrero:

8 meses, 11 meses, 13 meses y 2, 14, 16, 33, 40, 51, 56 y 70 años (media: 26 años).

Día 2 mayo:

7 meses, 8 meses, 12 meses, 13 meses, y 3, 6, 23 y 36 años (media: 9 años).


      Los habitantes vivían pobremente porque los campos no producían, ni aún para medianamente subsistir. Eran muy pocos los que disfrutaban de la vida en aquellos tiempos. La agricultura era rudimentaria y la ganadería escasa y los productos que generaban sólo servían para el suministro familiar. Pero a pesar de todo, no se conocen emigraciones que por cuestiones perentorias hayan dado lugar al abandono del pueblo, ya que aunque con escasez y en algunos casos pobreza, el hambre nunca dio origen a tal hecho, aún cuando carecían de lo que hoy consideramos elemental. La emigración que se produce en la mitad del siglo XX, ocurrida en toda España, es más bien un trasvase del potencial rural humano sobrante, a la industria instalada en la ciudad, debido a la mecanización del campo.


     Comenzó pues el nuevo siglo sin comunicaciones, con medios rudimentarios en la agricultura, sin comodidades en las casas, alumbrándose con candiles de aceite o con carbureros, pues la luz eléctrica no se instalaría hasta el año 1927, si es que aquello, que conectaba el "lucero" al anochecer, se podía llamar iluminación eléctrica.


     El tránsito de gente era mínimo y por tanto las noticias llegaban con excesiva lentitud. Había muchas personas que no salían en toda su vida del entorno, principalmente las mujeres que como viaje más largo que realizaban en toda su existencia, era a Daroca, en carro o a lomos de una caballería, acompañando a otros hombres. Y era casi un viaje de trabajo, más que de turismo, aunque también se disfrutase del placer que el viaje representa en sí mismo para cualquier persona. El hecho ya representaba la apertura a nuevos horizontes y el descubrimiento de nuevas gentes. El motivo solía ser la compra, a través del canje, de elementos necesarios para la casa. Se iba con trigo o lana y se regresaba con ropa, mantas, utensilios diversos, arreos o sal para los animales.


      Los jóvenes que se desplazaban a cumplir el servicio militar, eran a su regreso, los portadores de las novedades que habían visto y experimentado en el viaje más largo que la mayor parte de ellos realizaría en su vida y a su vez eran también los portadores de noticias y canciones que estaban de moda en los sitios de donde procedían.


       Aunque los hechos siguientes son un poco más lejanos en el tiempo que narro, deseo plasmar un recuerdo para aquellas madres que recibieron con gran alegría el regreso de sus hijos de la guerra de Cuba, tras seis o siete años de ausencia y oírles contar las peripecias que les habían pasado en aquellas lejanas tierras. Cuatro o cinco mozos del pueblo volvieron a sus hogares a reunirse con los suyos, tal como mi abuelo, pero para otros, con peor suerte, la tierra de aquellas regiones tan alejadas de su pueblo, ocultó para siempre los restos de sus cuerpos sin vida.


     Aún sin saberlo, los nuevos mozos tendrían que sufrir en su servicio militar la tragedia de dos nuevas guerras: la de África y la Civil Española, en la que seis o siete perecieron en la contienda. El tema de la Guerra Civil en Cucalón, lo desarrollaremos más adelante en otro capítulo.


2 - La vivienda

Hogar de fuego bajo 

El hogar de la vivienda de mi abuelo

 

     En general las casas estaban construidas con materiales pobres, como en todos los pueblos circundantes. Si os vais percatando al leer este trabajo, las palabras pobre, pobreza, miseria… parecen redundantes, pero era la realidad de aquella España en la que vivieron nuestros antepasados, hasta la época de los abuelos, con pocas diferencias generacionales. Con nuestros padres parece que sobrevino ya una cierta renovación hacia la modernidad.


     Para la construcción de viviendas, normalmente se empleaba para las paredes la piedra sin labrar, material muy abundante en el entorno, unidas entre sí mediante una argamasa compuesta de agua, barro y paja, pero como a dichos muros se les daba un grosor de medio metro los hacía muy resistentes al paso e inclemencias del tiempo, a la vez que aislaban las casas de la climatología exterior.


     Otro material de construcción era el adobe fabricado a partir de un molde de madera, relleno de arcilla húmeda mezclada con paja y dejado a secar al sol, una vez desmoldado. Las personas que vivimos en Cucalón en la primera mitad del s. XX, todavía recordamos el lugar donde se hicieron los últimos adobes, en el camino del Molino Bajo, junto a una balsa existente al pie de una loma de arcilla. Y de este mismo yacimiento se surtían los vecinos para coger la tierra que se empleaba como pavimento para apisonar los patios.


     Pocos restos quedan de paredes de tapial. Sólo permanecen algunos en parideras o pajares, por lo que se supone que por alguna circunstancia este sistema ya había sido abandonado en Cucalón cuando yo empecé a tener conocimiento del mundo que me rodeaba. Este tipo de construcción se realizaba levantando directamente la pared con grandes moldes de tablones, ajustados a ambos lados con estacas y rellenando el hueco con una masa de agua, barro o arcilla y paja, como la empleada para los adobes y dejando secar esta masa, sin quitar los moldes, hasta que tomaba consistencia.


     La norma establecida para esta comarca, era construir a piedra vista sin más remate. En todo caso las fachadas se enlucían con una lechada de cal para tapar imperfecciones y cubrir las uniones de las piedras. En algunas ocasiones como signo de modernidad y perfeccionamiento, estas paredes frontales se revocaban con una argamasa de cal y arena para tapar la piedra, lo cual les confería una mayor consistencia. Los tabiques se cubrían con yeso.


     La cal era usada como elemento purificador, tanto de habitaciones como de fachadas, ya que se trata de una sustancia cáustica. Recuerdo perfectamente la tradición de blanquear con cal la pieza –dormitorio o alcoba- de los difuntos, inmediatamente después del entierro. Y otro tanto se hacía en todo el pueblo, después de epidemias o sospechas de que las pudiera haber.


     Pero en todo caso periódicamente, el alcalde hacía saber a todo el pueblo, por medio de un bando, que el blanqueo de fachadas con cal era una norma de obligado cumplimiento decretada por orden superior, con el fin de que todas las edificaciones se mostrasen de color blanco como ornato y como medida sanitaria preventiva.


     Normalmente cada vivienda era una pequeña casa de dos plantas y solamente algunas tenían una tercera altura. En la planta baja un amplio patio daba entrada a alguna habitación empleada como dormitorio y a la cocina. Esta era la habitación principal de la casa, pues hacía las veces de hogar, recibidor, cuarto de estar y comedor. El hogar de fuego bajo, alimentado con leña solía estar sobre una base de chapa, o losas o ladrillos en los más rústicos, para terminar junto a la pared del fondo que a veces se protegía con losas o con una plancha de hierro fundido con relieves de personas o paisajes muy diversos, que al resplandor de las llamas le conferían al ambiente una sensación de bienestar. Este contorno se cerraba con el rodafuegos también de hierro, que servía para apoyar las lorigas, las tenazas de atizar, algunas veces el fuelle y para proteger el resto del hogar de cenizas, hojarascas y tizones.


     A ambos lados del hogar había sendos bancos para sentarse que podían ser de madera o de obra y en algunos casos, una piel de oveja o cabra cubría los asientos como una austera muestra de comodidad. Detrás de uno de estos bancos, en la pared o en el mismo respaldo, solía haber un armario con varios aparadores, aquí llamados "paretaños", para guardar el pan, la sal o el aceite y cuya puerta, abatible sobre el banco, servía de mesa en la que se comía en algunas ocasiones. La parte trasera del otro servía de leñero.


     La comida habitualmente se realizaba sobre una mesa de patas cortas que se ponía encima de la chapa del hogar y los comensales sentados en los bancos, se acercaban desde ambos laterales para tomar el bocado de la fuente común o directamente de la sartén y retirar la espalda nuevamente hacia el respaldo del banco. El mejor sitio del hogar se reservaba para el cabeza de familia. La mujer comía de pie, o arrodillada sobre el escalón, en el lado de fuera del hogar, no como una humillación a su persona, sino para tener un fácil acceso a los utensilios y a las nuevas viandas. Al lado de la cocina solía estar la recocina, donde se efectuaban los trabajos de limpieza y en la que se guardaban la vajilla y demás enseres.


     En algunas viviendas, por un pasillo se llegaba a la cuadra para las caballerías con un "pajera" donde dormían los pastores, los criados o los agosteros y en más de una ocasión los mismos mozos de la casa. Al ser las familias bastante numerosas, no se tenía sitio para dormir todos en camas, catres o jergones.


     Saliendo de la cuadra, estaba el corral grande o pequeño según la posición económica de la familia. Allí convivían las aves domésticas y los conejos. La "choza" era un pequeño cubículo dentro del corral, destinado a la cría de los cerdos. Solía haber otro local anexo denominado "cubierto" para el ganado lanar, con un piso superior destinado para la paja, “fencejos”, pipirigallo o cualquier otro tipo de pienso para los animales.


     En la planta superior de la casa se habilitaba alguna habitación como dormitorio y el resto denominado granero, se empleaba para almacenar la cosecha, "jorear" los jamones y mantener a la temperatura más fresca los productos de consumo que se podían guardar durante algún tiempo sin estropearse. Costaba mucho esfuerzo subir el grano a este piso, pues las escaleras no eran de mármol.


     Donde existía la tercera planta, servía de desahogo para almacenar utensilios no utilizados, como aperos viejos u otros trastos como cribas o jergones. Al ser de los más pudientes, también se usaba como granero, donde se almacenaba una parte de la cosecha. En las casas de dos plantas, a veces había una pequeña altura a la que se llegaba mediante una escalera de mano por una abertura practicada en el techo. A este recinto se le denominaba la “falsa”.

        

     En general la vivienda era pobre y escaseaban los muebles y las comodidades. Había pocos armarios, por lo que la ropa se guardaba en arcones y baúles. Tampoco existían motivos de decoración en las paredes. Como máximo un cuadro que representaba la Última Cena en la habitación considerada como el comedor y en el dormitorio alguna imagen enmarcada del santo más venerado de la casa, toda ella cagada por las moscas que denotaba el paso del tiempo, con alguna fotografía de la familia sujeta entre los laterales de cualquiera de los dos ángulos inferiores del marco.


Y esto era todo.

 

3 - La alimentación

 

Una orza junto al hogar 

 


      Cuando decíamos anteriormente que algunos hábitos o costumbres no habrían variado mucho desde la repoblación, o quizá incluso con anterioridad, la alimentación cotidiana era una de ellas.


     La base principal era el pan y cuando no faltaba, al menos era un remedio seguro contra el hambre, pues siempre se podía acompañar con frutos secos, olivas, cebolla, pimientos, con un chorro de aceite, o remojado en vino o en "sopeta".


     Aunque los horarios para su ingestión no eran coincidentes con los de ahora,   habitualmente se realizaban a diario las tres comidas principales, en base a productos corrientes con los que se autoabastecían. Del campo, como cereales, legumbres y patatas; del huerto con verduras, hortalizas y frutas; y el escaso aporte de proteínas, se realizaba a través de la carne del cerdo y los animales de corral y en alguna ocasión con la de cordero, oveja o cabrito. El pescado fresco era muy difícil de conseguir y alguna vez un ambulante vendía "sardineta" que se consideraba un lujo no al alcance de todos. Ocasionalmente se comía bacalao o arenques en salazón que llamábamos “sardinas rancias", lo cual casi era un festín.


     Los alimentos silvestres no se despreciaban a la hora de comerlos y así se consumían collejas, cardillos, estancos, husillos, túcar y setas; la carne de conejos, liebres, perdices, codornices y barbos y cangrejos de la Huerva o de la fuente del Cañizar; postres como la miel de enjambres que siempre había en los troncos de los chopos del Río o de la Huerva; moras y ciruejas bordes y no debemos olvidarnos del té del Peñiscoso para infusiones.


El menú para un día cualquiera podía ser similar a lo siguiente:


Almuerzo

Patatas cocidas apañadas con alguna chichorreta. O bien migas o farinetas.


Comida

     Cocido de garbanzos o judías blancas, aliñado con algún hueso de cerdo o gallina y acompañado de bola o morcilla y un trozo de tocino o careta de cerdo, que sin ser cuantioso se repartía entre todos los comensales de la forma más racional posible. Y todo ello mientras había existencias en el granero, que desgraciadamente no eran eternas.


Se acompañaba habitualmente con una ensalada de lechuga, escarola o col, según la época, costumbre que todavía perdura en muchas familias. En Luesma, mi pueblo de nacimiento, a la ensalada le agregaban unas pocas hojas de mastuerzo, que es una planta parecida a la acedera aunque de distinto sabor. La cultivaban en unas pequeñas eras en los huertos, de donde iban cogiendo los tallos empezando por una esquina hasta llegar al final. En este momento ya habían retoñado los recolectados al principio y vuelta a empezar.


     Si eran fiestas o había invitados era la ocasión para matar un pollo o conejo, que servía como complemento extraordinario al primer plato.

        

Cena

     Sopas de ajo, que como lujo añadido podían llevar algún huevo revuelto y como complemento una tajada de tocino para poner entre el pan o una tortilla o un huevo frito. También podía ser cualquiera de los alimentos nombrados para el almuerzo, pero variándolo para la cena.


     Y en ninguna de las comidas se tomaba postre.


4 - La vestimenta

Mis padres

Mis padres:

Pablo Pérez Alfonso y Julia Belanche Pascual


     La vestimenta de un  día normal era de extrema austeridad, casi rayana en el ascetismo.


     A las mujeres, para quienes la vida en esta época era muy dura, podemos imaginarlas como a las que vemos actualmente en los documentales de países muy poco desarrollados, que además de cuidar de la casa, de los animales, del huerto, de los hijos, de la comida y tantas otras cosas, además, también tenían que saber coser, bordar y tejer, por pura necesidad. Y buena falta que hacía en todos los hogares saber hacer calceta para tejer con lana o algodón jerseys, medias y pedugos; coser para remendar las prendas de vestir cuando se desgarraban o desgastaban, ya que no había dinero para comprar otras nuevas. Recuerdo ver pantalones con pedazos añadidos en los que el paño original solamente era un lejano recuerdo entre los numerosos trozos procedentes de otras telas. Ahora a este arte se le denomina patchwork y existen cursillos en talleres especializados para aprenderlo. ¡Quién me lo iba a decir!


Analicemos la vestimenta de esta época por géneros y edades.


Del hombre


     Si sustituimos el sayal de la edad media por una camisa de algodón de cuello redondo y unos pantalones de pana, con tantos remiendos que no permitían reconocer el tejido original, tenemos el traje normal de trabajo de un hombre hasta mediados del siglo XX. La ropa interior, cuando se llevaba, tampoco es que fuera de lencería fina. Se componía de peleles de franela para el invierno, como los de los niños y de calzoncillos largos con rayas azules para el verano. 


     Para sujetar los pantalones y los riñones se usaba la faja, que normalmente la vendían los ambulantes que venían de la zona de Illueca y Brea y que además llevaban mantas, alpargatas y otros complementos, como se dice hoy día. La mencionada faja consistía en "una tira de tela o de tejido de punto de algodón, lana o seda con la que se rodea el cuerpo por la cintura, dándole varias vueltas" (tal como lo define el diccionario de la R.A.E.)


     Como accesorios añadiremos una boina para cubrir la cabeza, que no hacía mucho que había sustituido al pañuelo, y para los pies, antes de calzar las albarcas, los protegían de los roces y de la intemperie con unos pedugos de lana, hechos en casa con lana de las ovejas.


     Si el tiempo refrescaba se ponían encima de la camisa, bien un chaleco negro, o una chaqueta americana pasada de moda o un jersey gordo de lana también tejido a mano y en casa. Y cuando el frío apremiaba hasta temperaturas de congelación, se usaban las mantas, que muchas veces se recibían como dote de casamiento, algunas fabricadas en las cercanías por telares artesanales.


     Cuando había que viajar o por festividades, para dar una nota de elegancia, prácticamente se envolvían mediante un tapabocas de terciopelo, ancho como media manta con el que se cubrían la cabeza y medio cuerpo, ya que se daban con él varias vueltas por el cuello y les llegaba hasta los hombros. Otras veces se abrigaban con una pelliza de paño con cuello de astracán o terciopelo, comúnmente heredada, que a su vez les servía para todos los miembros varones de la familia.


     Un traje completo de americana y pantalón, las más de las veces cada hombre sólo se hacía uno en la vida: para el día de la boda. Y en esa ocasión la camisa sí que la adornaba con una corbata. Ese mismo traje es el que usaría posteriormente como mortaja.

        

De la mujer


     La vestimenta de las mujeres, tampoco es que diera lugar a ostentaciones y lujos. Encima del justillo y la camisa se ponían la enagua, que la complementaban con un refajo en caso de frío. El traje diario consistía en una bata que casi siempre era negra, debido a los lutos de larga duración a los que siempre estaba sometida a lo largo de su vida, protegida por un delantal basto que a su vez lo aprovechaba como utensilio de trasporte, ya que mediante una doblez cogiendo las puntas con una mano, creaba un hueco en el alda que le servía para introducir todo tipo de objetos, desde huevos hasta verduras del huerto.


     Las mayores todavía usaban saya negra de tela gruesa, con la que se cubrían la cabeza y los hombros levantándola por detrás a modo de mantón. Los niños en sus juegos, aprovechaban los vuelos de estas faldas para esconderse bajo los anchos pliegues de las sayas de sus abuelas, como si se tratase de una clueca.


     Se cubrían la cabeza con un pañuelo negro anudado en la barbilla y las más viejas o las menos progresistas, todavía usaban una toca negra anudada a la nuca, al más puro estilo medieval. Los pies los calzaban con medias negras de algodón en todo tiempo y albarcas o alpargatas. Cuando refrescaba se ponían una chambra y si era poco la complementaban con una toquilla de lana tejida manualmente, cruzando los extremos en la cintura y anudándola en la parte posterior, con el fin de proteger los riñones.


De los niños

Raúl niño hacia 1900

 

 

 

Fotografía de mi suegro, Raúl Rubio Andrés, hacia 1900


     La vestimenta de los niños, tampoco difería en nada de la que hemos indicado para los mayores. Solamente deseo señalar, más bien como anécdota, que al menos los chicos se   sujetaban el pantalón, del que ya casi no se distinguía la tela original, con un único tirante cruzado y a los más pequeños, para evitarles todos los inconvenientes en realizar sus funciones fisiológicas, se les practicaba en los pantalones sendas ranuras por delante y por detrás, con el fin de que no fuera necesario ni tan siquiera la simple acción de bajar la prenda. Para las chicas esto no era ningún inconveniente, pues tan sólo necesitaban remangarse la falda, ya que no llevaban nada debajo.


     Por supuesto que para hacerse las fotos, se les ponía "de punta en blanco" para que parecieran lo más elegantes posible, aunque en algunas ocasiones las ropas estuvieran desfasadas y pasadas de moda.


NOTAS: definiciones del diccionario de la R.A.E.


Camisa: Prenda de vestido interior hecha de lienzo, algodón u otro tela, de media largura, que cubre el torso.

Chambra: Vestidura corta, a modo de blusa con poco o ningún adorno, que usan las mujeres sobre la camisa.

Enagua:

1. Prenda interior femenina que se usa debajo de la falda.

2. Por extensión prenda del mismo uso que cubre también el torso.

3. Vestidura de bayeta negra, a modo de saya, que usaban los hombres en los lutos mayores y los trompeteros de las procesiones de Semana Santa.

Justillo: Prenda interior sin mangas, que ciñe el cuerpo y no baja de la cintura.

Refajo:

1. Falda corta y vueluda, por lo general de bayeta o paño, que usan las mujeres de los pueblos encima de las enaguas. En las ciudades era falda interior que usaba la mujer para abrigo.

2. Zagalejo interior de bayeta u otra tela tupida, que usan las mujeres para abrigo.

También se llama zagalejo al refajo que usan las lugareñas.

Saya: falda, prenda femenina. Vestidura talar antigua, especie de túnica, que usaban los hombres.

Toquilla: Pañuelo de punto generalmente de lana, que usan para abrigo las mujeres y los niños.

 

Como se puede ver, el negro era el tono que más imperaba en la

vestimenta, lo cual me recuerda las palabras de un escritor extranjero

que visitaba por aquella época la España profunda de hambre y miseria

al afirmar, en el más puro estilo existencialista, que "para los

españoles, la vida es lo que antecede a la muerte".


     Este es el entorno en el que se vivía en nuestro pueblo, más o menos como en todos los pueblos próximos al nuestro, donde la vida consistía en trabajar de forma muy precaria desde que se tenía edad para ello, habitualmente al poco tiempo de nacer y donde el futuro era tan próximo que se confundía con el presente. Muchas veces, con tener asegurada la comida de los próximos meses era más que suficiente, porque en otras ocasiones ni eso sucedía.

 

Para continuar

1 - Situación, entorno y generalidades 2 - La vida cotidiana
3 - El trabajo y los oficios 4 - Las comunicaciones
5 - Edificios públicos
civiles
6 - Edificios públicos
religiosos
7 - Tiempo lúdico

Comentarios y sugerencias

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